SUSTENTABILIDAD

Energías renovables, el boom de la vitivinicultura

Con el fin de combatir el cambio climático, la industria mundial del vino apuesta a la utilización de tecnologías que apuntan al uso eficiente de la energía.
5 de Abril de 2019

El consumo energético está presente en toda la cadena de producción de la vitivinicultura. El mismo va desde las viñas durante el proceso de recolección y transporte, como en las bodegas, en el proceso de elaboración, el envasado y su posterior distribución.

Es por eso, y teniendo en cuenta el cambio climático, que en el mundo se está comenzando a utilizar la energía más eficientemente y adoptando tecnologías basadas en energías renovables. Al respecto, las más utilizadas son la energía solar y la biomasa, pero existen otra que también son relevantes.

Las instalaciones con energía solar se dividen principalmente en solar fotovoltaica para la producción directa de energía eléctrica y solar térmica para la producción de calor que puede darse a diferentes temperaturas según el tipo de colector.

La biomasa no solo es susceptible de ser utilizada para combustión en caldera, sino también en procesos de pirólisis y gasificación para la obtención de combustibles adecuados para cogeneración o poligeneración de energía.

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Otra alternativa es el biogás, este puede utilizarse como combustible en motores para la generación de electricidad y calor, y también la conversión de este último en frío.

Otra opción menos convencional es la posibilidad de separar el CO2 existente en el biogás para producir el llamado gas natural sintético (SNG), con mayor contenido energético y más valor, y que potencialmente se podría inyectar a la red de gas natural, lo que facilitaría la viabilidad de la producción del biogás y su tratamiento.

La producción de frío a diferentes niveles de temperatura también es posible mediante equipos de refrigeración con activación térmica. En estos equipos se utiliza una fuente de calor, como podría ser agua caliente, para generar agua fría, con niveles de temperatura más elevada, se pueden conseguir temperaturas por debajo de 0 °C. A diferencia de las enfriadoras de agua convencionales, el consumo eléctrico es muy bajo.

Las bombas de calor permiten extraer calor de un determinado medio o fuente, para aumentar su temperatura para la calefacción de espacios o producción de agua caliente. O, en modo refrigeración, permiten bombear calor desde recintos o sistemas que se desea mantener a baja temperatura, y cederlo a sumideros de calor a más alta temperatura.

También puede generarse simultáneamente calor y frío con bombas de calor basadas en el CO2 como fluido de trabajo. En este caso con un solo equipo es posible reemplazar una caldera y una enfriadora, con los consiguientes ahorros en combustible, reducción de la energía térmica disipada en una torre de refrigeración o al ambiente, costes de mantenimiento, entre otros.

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También se están desarrollando sistemas de recuperación de calor residual utilizando fluidos orgánicos en ciclos Rankine de pequeña potencia. Anteriormente esta tecnología se encontraba disponible solamente para alta potencia, en torno a más de 300 kW hasta unos pocos MW.

El rango de potencia eléctrica que se puede generar con estas pequeñas instalaciones puede ir desde 5 a 120 kW permitiendo reconvertir instalaciones de producción de calor con biomasa en centrales de cogeneración de electricidad y calor. 

El transporte de calor mediante redes de distrito juega un papel importante en aquellos casos en los que el centro de producción del calor a partir de la materia orgánica disponible pueda encontrarse alejado de los usuarios potenciales de calor como puedan ser viviendas, centros públicos u otras industrias.

El mismo, permite centralizar la recogida de biomasa y de producción de energía, ya sea en forma de calor o de energía eléctrica mediante el empleo de tecnologías más eficientes como la gasificación de la biomasa en lugar de su uso directo mediante combustión que resulta menos eficiente.