Vida Rural

El hornero, pájaro nacional.

Declarado Ave de la Patria en 1928, este simpático ejemplar se encuentra en todo el país. Sus nidos forman parte del paisaje rural y del urbano.
Verónica Salamanco - Redacción Chacra

 Chapalea en el barro,

parece que zapatea un malambo.

Malambo del hornerito que amasa,

la tierra para su casa

(Malambo del hornero- Waldo Belloso / Zulema Alcayaga)

Es el Pájaro Nacional Argentino, o Ave de la Patria, según lo determinó la Asociación Ornitológica del Plata en 1928, cuando resultó elegido en una encuesta organizada en conjunto con el diario La Razón. Ajeno a los grandes títulos, el hornero es un ave que se destaca por sus nidos de barro que construye en postes de alambrados, tendidos eléctricos, aleros de casas y cualquier saliente donde se encuentre a gusto.

El hornero se encuentra en casi todo el país, tanto en el campo como en zonas pobladas. Mide unos 20 cm, es de color pardo y tiene el vientre un poco más claro. La hembra es un poco más pequeña. Tiene merecida fama de trabajador, ya que sus nidos son una pieza digna de admirar. En pocos días, a veces sólo una semana, estas aves construyen laboriosamente sus nidos en otoño. Para eso, la pareja trabaja en conjunto transportando barro y paja con sus picos, sin descanso hasta terminarlo.

La construcción es realizada de afuera hacia adentro. Cuando la base está lista, los horneros comienzan a levantar la pared en semicírculo. Por fin queda cerrada la bóveda, con una puerta en forma de ojiva en uno de sus lados. Ésta será la entrada al nido que siempre se ubica en el ángulo más protegido de los vientos. Las aves cierran esa ojiva en espiral y así construyen una pared interna que forma la cámara de postura, con terminaciones de plumas y hojas en su interior. Para finalizar alisan las paredes interiores con el pico o con ayuda de una pajita cuando el barro aún está fresco. Una vez que endurecen, estos nidos son tan sólidos que permanecen en buen estado, a pesar de hallarse a la intemperie, durante varios años.

Allí la hembra pondrá sus 3 a 6 huevos blancos, que incubará en forma conjunta con su macho. Ellos forman una única pareja en toda su vida. La incubación que dura unos quince días, está a cargo de ambos padres: mientras uno busca comida el otro mantiene calor de los huevos. Cuando el primero regresa le avisa con su canto al que está adentro y éste sale mientras el que acaba de regresar lo reemplaza en el nido.

Sus pichones se crían en el interior y permanecen dos o tres meses en compañía de sus padres antes de hacer vida independiente. Cuando los pichones abandonan el nido, también lo dejan sus padres, que construirán una nueva casa para la próxima nidada.

Esos nidos abandonados son rápidamente ocupados por otros animalitos que aprovechan estas construcciones para formar sus hogares, como ratones, golondrinas, gorriones, o jilgueros.

Los horneros son muy diversos en apariencia y hábitos, aunque la mayoría presentan colores apagados. Los de la Pampa difieren de los que habitan las selvas de América del Sur. Algunas especies se han adaptado a la gran pradera cubierta de matorrales, incluso a la semidesértica, y otras a la selva más o menos tupida. Su color es pardo, con cuello rojizo, garganta blanca, pecho pardo claro, vientre blancuzco y cola rojiza.

Sus vuelos son generalmente alrededor del nido para buscar materiales para su construcción o alimento para los pichones. Nunca se alejan, y cuando bajan al suelo andan a los saltitos. Son grandes insectívoros, buscan su alimento en la tierra, entre las hojas o en los campos arados. Comen sobre todo insectos: mariposas y larvas de mariposas, hormigas, arañas, gusanos, langostas, escarabajos, y de esta manera colaboran con el agricultor, ya que eliminan los insectos perjudiciales para las plantas.

Sobre su temperamento, puede decirse que son muy mansos y muy sociables. No le temen al hombre. Su pelaje no es muy llamativo y su canto tampoco se destaca, pero dicen que cuando un hornero construye un nido cerca de una casa, es símbolo de buenos augurios. Otro dicho popular afirma que donde hay un nido de hornero no caerán rayos ni centellas. El hornero inspira respeto y simpatía. Su título de Pájaro Nacional es uno de los homenajes que se le rinden. Otro es esta poesía que le dedicó Leopoldo Lugones:

“El Hornero”

La casita del hornero
tiene alcoba y tiene sala.
En la alcoba la hembra instala
justamente el nido entero.

En la sala, muy orondo,
el padre guarda la puerta,
con su camisa entreabierta
sobre su buche redondo.

Lleva siempre un poco viejo
su traje aseado y sencillo,
que, con tanto hacer ladrillo,
se la habrá puesto bermejo.

Elige como un artista
el gajo de un sauce añoso,
o en el poste rumoroso
se vuelve telegrafista.

Allá, si el barro está blando,
canta su gozo sincero.
Yo quisiera ser hornero
y hacer mi choza cantando.

Así le sale bien todo,
y así, en su honrado desvelo,
trabaja mirando al cielo
en el agua de su lodo.
Por fuera la construcción,
como una cabeza crece,
mientras, por dentro, parece
un tosco y buen corazón.

Pues como su casa es centro
de todo amor y destreza,
la saca de su cabeza
y el corazón pone adentro.

La trabaja en paja y barro,
lindamente la trabaja,
que en el barro y en la paja
es arquitecto bizarro.

La casita del hornero
tiene sala y tiene alcoba,
y aunque en ella no hay escoba,
limpia está con todo esmero.

Concluyó el hornero el horno,
y con el último toque,
le deja áspero el revoque
contra el frío y el bochorno.

Ya explora al vuelo el circuito,
ya, cobre la tierra lisa,
con tal fuerza y garbo pisa,
que parece un martillito.

La choza se orea, en tanto,
esperando a su señora,
que elegante y avizora,
llena su humildad de encanto.

Y cuando acaba, jovial,
de arreglarla a su deseo,
le pone con un gorjeo
su vajilla de cristal.

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