La ganadería vivió un momento histórico con resultados dispares
Roque Cassini, productor ganadero del partido bonaerense de Guaminí y vicepresidente segundo de la Asociación Argentina de Angus, analizó por qué el gran momento de la ganadería no impactó de la misma manera en todos los eslabones de la cadena
La ganadería argentina atravesó un momento de fuerte dinamismo, pero ese impulso no se trasladó en forma pareja a toda la cadena. Esa fue la principal advertencia que dejó Roque Cassini al describir una coyuntura que, si bien resultó especialmente favorable para la cría, expuso márgenes mucho más ajustados para la invernada, el feedlot y la exportación.
El siguiente análisis fue realizado por Roque Cassini, quien desarrolla un sistema productivo integral que incluye cría, invernada, engorde a corral y a pasto, exportación y cabaña de las razas Angus, Hereford, Braford y Brangus.
Con una oferta forrajera excepcional durante el verano y con terneros en muy buen estado, Cassini resumió el contexto en pocas palabras: "Para los criadores, el presente es realmente excelente". En este sentido, los valores de la hacienda reflejaron ese cambio de escala: vender terneros a $6.700 por kilo y alcanzar jaulas valuadas en 70.000 dólares marcó un nivel pocas veces visto, incluso en una actividad acostumbrada a convivir con ciclos de recuperación y retroceso.
Sin embargo, el productor dejó en claro que, mientras la cría vivió una etapa excepcional, la invernada enfrentó una ecuación más exigente por la relación entre el precio del ternero y el del novillo, a lo que se sumó un maíz caro. En ese punto, el beneficio quedó mucho más ligado a la integración productiva y a la posibilidad de generar el propio grano que a una mejora generalizada del negocio.
Lejos de una expansión homogénea, el feedlot mostró que la rentabilidad pasó a depender casi exclusivamente de la eficiencia, de manera que el contexto favoreció a los establecimientos altamente profesionalizados, pero dejó poco margen para los sistemas menos intensivos. Ese contraste volvió a poner sobre la mesa una verdad conocida en el negocio ganadero, el hecho de que no alcanza con que suba la hacienda si los costos y la estructura operativa no acompañan.
Cassini señaló que el atraso cambiario afectó seriamente la competitividad de los exportadores y también de los frigoríficos. Con un dólar prácticamente en el mismo nivel que hace dos años y una inflación acumulada del 150%, la ecuación se volvió cada vez más estrecha para quienes dependen de vender al mundo.
En ese sentido, la reflexión de Cassini apuntó a que la ganadería tiene fundamentos para sostener un ciclo positivo, en parte por el reconocimiento internacional de la carne argentina y en parte porque el crecimiento del consumo de otras proteínas ayudó a equilibrar la demanda interna.
También dejó claro que ese potencial podría ser mucho mayor si existiera un tipo de cambio más competitivo y si las empresas operaran sin las restricciones que todavía persisten en el acceso al mercado cambiario. Cuando corrió la mirada hacia el debate de los precios y lo llevó al terreno estructural, Cassini advirtió que el boom ganadero no debía confundirse con un modelo eficiente o consolidado.
La comparación con Brasil fue elocuente: mientras el vecino país avanzó con escala, productividad y estrategia, la Argentina continuó arrastrando limitaciones de larga data. Tener menos vacas que hace 40 años y seguir trabajando con índices reproductivos mejorables mostró que todavía existe un amplio margen de crecimiento que no depende solo del contexto económico, sino también de las decisiones productivas.
Desde esa perspectiva, la mejora genética, la eficiencia reproductiva y el aumento del peso de faena aparecieron como variables centrales para pensar el futuro. Por eso también resultó consistente su crítica a la reducción del peso mínimo de faena, una medida que, según planteó, implicó un retroceso. En una cadena que necesita producir más carne por animal y ganar competitividad, volver a faenar más liviano parece ir en la dirección contraria a la que demanda el mercado global.
En conclusión, la ganadería vivió un boom, pero no todos ganaron lo mismo ni todos estuvieron en condiciones de capitalizarlo. De esta manera, el desafío no pasó solo por aprovechar un buen momento, sino por convertirlo en una base de crecimiento sostenido. Para lograrlo, el sector necesitó competitividad macroeconómica, reglas claras e inversión en productividad, ahí está la diferencia entre un ciclo auspicioso y una verdadera transformación ganadera.

