Escuelas rurales: el "faro" del Estado que sobrevive a la soledad y la falta de recursos
Una investigación de la UNC revela cómo el sistema de plurigrado y el rol social de las maestras rurales sostienen el derecho a la educación frente a la falta de políticas diseñadas para el campo
En Argentina, las escuelas rurales van más allá de su función educativa al ser, en muchos casos, la única representación del Estado en los rincones más aislados del mapa. Sin embargo, esta centralidad no siempre se traduce en políticas públicas que acompañen su realidad. Un proyecto de investigación de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), dirigido por Laura Freyre, pone la lupa sobre estas instituciones en Córdoba y revela que, pese a las carencias, la ruralidad tiene mucho que enseñar al sistema educativo urbano.
El plurigrado: un desafío convertido en oportunidad
Según datos del Ministerio de Educación de Córdoba, a lo largo de la provincia, casi 32.000 alumnos asisten a instituciones rurales, muchas de las cuales funcionan bajo la modalidad de personal único. Esta realidad obliga a trabajar con el plurigrado, una dinámica donde estudiantes de diferentes edades y niveles comparten el mismo espacio y tiempo educativo. Aunque para la planificación pedagógica tradicional esto podría parecer un obstáculo, la investigación de la UNC destaca que, en la práctica, se convierte en un potente motor de aprendizaje colaborativo.
En estas aulas se produce lo que los docentes denominan un "préstamo de conocimiento", donde los alumnos más avanzados acompañan a los que están en etapas anteriores. Para Freyre, esta interacción no solo refuerza los saberes de quien explica, sino que potencia habilidades sociales clave como la expresión oral, el respeto por la palabra y el trabajo en grupo. Asimismo, y a diferencia de la rigidez del grado único urbano, este sistema permite contemplar la madurez individual y la historia de vida de cada chico, adaptándose al ritmo real de aprendizaje de cada estudiante.
Un sistema pensado por y para la ciudad
Uno de los problemas que detecta el equipo de la UNC es la "invisibilidad" de la escuela rural en el diseño de las políticas educativas. Las maestras suelen encontrarse con que tanto los materiales didácticos como las estrategias de formación están pensados exclusivamente para contextos urbanos, lo que las obliga a realizar un esfuerzo extra de adaptación sin contar con un respaldo sistematizado por parte del Estado.
A esta falta de herramientas específicas se le suman barreras estructurales que ponen en jaque la continuidad pedagógica. Por un lado, existe una brecha de cobertura alarmante entre la primaria y la secundaria: a pesar de que esta última es obligatoria desde 2006, las posibilidades reales de seguir estudiando en el campo son limitadas, un déficit que se vuelve crítico en las escuelas albergue.
Por otro lado, según el codirector del proyecto, Mariano Pussetto, la inestabilidad docente y la alta rotación de personal dificultan la creación de vínculos sólidos, que son el cimiento de la enseñanza en comunidades pequeñas. Finalmente, la distancia física genera una profunda soledad profesional, un aislamiento que los docentes intentan atravesar buscando redes de contacto con pares de otras instituciones rurales para compartir saberes y experiencias.
Alimentación y comunidad: el rol de la maestra rural
Más allá de lo pedagógico, la escuela rural funciona como un centro de cuidado integral. La investigación subraya la importancia del Programa de Asistencia Integral Córdoba (Paicor), como política alimentaria escolar, y de las cocinas escolares, que deben adaptarse a condiciones climáticas y de terreno difíciles para garantizar el derecho a la alimentación.
En este entramado, la figura docente emerge con una fuerte legitimidad en la comunidad. La maestra no solo es quien enseña a leer y escribir, sino que es una referencia para la salud, la perspectiva de género y las consultas familiares, consolidando a la escuela como el principal nexo social en el territorio.