Editorial

El país de las trampas ataca de nuevo

Las idas y vueltas con el llamado dólar soja son reflejo de la improvisación, el cortoplacismo y el escaso respeto por el esfuerzo del otro. Un proceso de deterioro que ya tiene muchos años pero que se viene acentuando marcadamente.
Claudio Gianni
20 de Septiembre de 2022

Las idas y vueltas con el llamado dólar soja son reflejo de la improvisación, el cortoplacismo y el escaso respeto por el esfuerzo del otro. Un proceso de deterioro que ya tiene muchos años pero que se viene acentuando marcadamente.

En alguna medida es más de lo mismo, lo novedoso es que ahora ni siquiera hay un mínimo esfuerzo por disimular. En el momento de escribir estas líneas se suceden las circulares, comunicados y aclaraciones pero todo indica que otra vez el productor sale perdiendo.

Inconsistente, poco seria, indescifrable. La Argentina ha sido convertida en un país empeñado en romper todos los récords de sucesos negativos que puedan imaginarse. Este duro presente es producto de un proceso deletéreo en constante crecimiento que nadie ha podido y/o querido detener. Como esos genes letales que ganan terreno en un organismo vivo.

Esta Argentina es una mueca grotesca del país que supo ser, nada que no tenga solución en el fondo, el problema es que no se ve luz al final del túnel. No se observa que quienes delinquen estafando al pueblo paguen sus faltas ante la Justicia como corresponde. Tampoco hay mala praxis que se penalice y termine enseñándoles a los funcionarios públicos que no se puede jugar con el futuro de la gente. Sin premios ni castigos el país va a la deriva.

Producir, generar riqueza, traer al mundo valor agregado es una proeza en este escenario. Le cabe al agro y también a otras actividades. Hay que tener un alto grado de valentía para enterrar dinero en un contexto que puede cambiar en 24 horas y dejarnos fuera de juego ante la atenta mirada de un juez de línea implacable con los que no forman parte del círculo elegido.

Remar seis meses poniendo plata, mirando al cielo esperando que no arruine lo que hemos armado, levantarlo y guardarlo con el mayor detalle para administrarlo luego de la forma más racional posible. De una punta a la otra del proceso hay importantes riesgos implícitos, y todos son para el que entierra su capital.

Como no tiene la menor idea sobre gestión y manejo, porque de hecho jamás tuvo que administrar recursos en pos de un objetivo, es esperable que el funcionario público termine enloqueciendo a quien busca invertir con una maraña de normas y disposiciones que van y vienen, contradictorias y contrapuestas a la vez, incluso de difícil cumplimiento.

Y en el medio puede que algún radicalizado, convencido o rentado, desparrame el producto de ese esfuerzo, navaja en mano, o que el Estado se autoperciba propietario de la inversión y reclame una pronta venta, porque ha gastado de más y necesita tapar los agujeros que generó para poder seguir de fiesta. Ahora se agrega esta nueva modalidad de decidir cómo se va a manejar el dinero obtenido por quienes corrieron todos los riesgos, reduciendo las opciones a un solo camino posible. ¡Bingo!

Las idas y vueltas respecto del llamado dólar soja tienen que ver más con una cuestión de inoperancia. No hay plan, solo la idea de emparchar indefinidamente. Estirar la mecha para que el próximo gobierno la tenga lo más complicada posible. Borrar con el codo lo que se escribió con la mano, sin ponerse colorado.

Honor a los que deciden invertir su capital en semejante escenario. Y el deseo de que todo esto termine alguna vez. Que aparezcan funcionarios con profesionalismo y sentido común, y que ambas virtudes se conviertan en características obligadas para pretender asumir un cargo público. Una vez que estén a la vista dependerá de la gente elegir este camino o enterrarse para siempre. En el fondo, el pueblo es artífice de su propio destino. Siempre.

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